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"Mi testa de bardo ensimismado y melodioso" / posfacio de Sergio De Matteo.

 

"Mi testa de bardo ensimismado melodioso"

por Sergio De Matteo


Escribió Raúl Gustavo Aguirre en la revista Poesía Buenos Aires que: “Todo poema propone una poética, en tanto es su realización”. Si el poeta no creyera en el cumplimento de esa ley estaría tergiversando el mecanismo intrínseco que mueve dicho motor. Se empieza con un poema y ya se configura en la mente del autor una obra que explique y dé cuenta de su visión del mundo; entonces inicia el trazado de una poética, de un estilo. El pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz ha concebido una obra que responde a dicho mandato y se denomina Canto Quetral. En los pocos libros publicados —de una obra monumental de más de 70 títulos— se puede observar el trabajo meticuloso de y sobre cada palabra, de cada verso, de cada poema, y en el cuidado de corrección de esas partes que, en definitiva, se cierra con ese nombramiento que responde a un todo: el fuego —quetral— encendido en el poeta y transmitido al lector y que quema como aquella afirmación hecha por Dionisio: “el arte es el ardor del alma”. Llama que se ha ido potenciando todavía más al darse esa imbricación de obra y autor, incluso el mito de Bustriazo ha trascendido tanto que a veces se adelantó al propio influjo que ocasiona la lectura de su poesía. No cabe duda que su capacidad creativa responde al anatema planteado por otro “desesperado” de la vida, Vincent van Gogh, que escribiera: “Yo siento en mí un fuego que no puedo dejar extinguir, que, al contrario, debo atizar, aunque no sepa hacia qué salida esto va a conducirme. No me asombraría de que esta salida fuese sombría. Pero en ciertas situaciones vale más ser vencido que vencedor, por ejemplo, más bien Prometeo que Júpiter.”

Los poetas, críticos y lectores de la obra publicada de Bustriazo Ortiz hablamos y escribimos sobre fragmentos de una gran constelación, debido a que la mayor parte de su obra permanece todavía inédita. Por lo tanto es imposible arriesgar una visión acabada del proyecto poético de Bustriazo; sólo podemos exponer ciertas líneas, ciertos matices en torno a lo poco que se conoce de su producción simbólica.

Refiere la profesora Dora Battistón: “Una rápida lectura de los títulos ya indica las dos vertientes fundamentales de este poemario: a) la expresión de raíz nativa y forma tradicional, y b) la elaboración personal de los motivos de la lírica de todos los tiempos.” La Licenciada Carla Rivara señala, reponiendo una lectura de Dora Battistón, que “pueden diferenciarse tres etapas: la primer etapa corresponde al Cancionero (1954-1969), caracterizada por la intención de cantarle a la región y de utilizar los esquemas métricos que ya estaban dados por la tradición: estilos, zambas y milongas. La segunda etapa es de transición (1969-1970) donde sigue con los ámbitos rurales tan identificados con su espíritu, pero los versos dejan el esquema fijo de la canción. La tercer etapa (1970-1987) en la que se reduce y se encierra en Santa Rosa, su ciudad natal. Sus poemas van a desplegarse como multifacéticos espejos en torno a estas calles.”2

Bustriazo cuenta que sus textos han sido escritos bajo un influjo mágico, una inspiración que aparece repentinamente, pero que sólo es posible encenderla ante la reiterada búsqueda y práctica de la lectura, de los homenajes a la musa, a la “diosa blanca”, al dios del vino. “Un estado de trance inexplicable” confía el poeta, y ese tembladeral deja como marca, herencia, una obra insoslayable, extraordinaria: “Yo sentí que me llegaba de arriba, es todo extraño, como si alguien lo dictara." Olga Orozco, citando a Gastón Bachelard, señalaba que el tiempo de la poesía acontecía de forma vertical. Roberto Juarroz ha denominado a su obra Poesía Vertical. El crítico Roland Barthes escribió en El grado cero de la escritura: “el estilo tiene una dimensión vertical, se hunde en el recuerdo cerrado de la persona, compone su opacidad a partir de cierta experiencia de la materia; el estilo no es sino metáfora; es decir, ecuación entre la intención literaria y la estructura carnal del autor.”3 Y con maestría el poeta Cristian Aliaga revela: “la verdadera caída es hacia arriba”.

“Labro joya oscura” apuntó Bustriazo Ortiz, y trabaja con su pericia de arqueólogo sobre cada poema como si fuera una piedra, una moneda a la que se debe bosquejar las caras, donde será posible hallar, posiblemente, la fulguración de la palabra poética. En cada una de las piezas que componen esa joya se transparenta la región que ha recorrido como pocos, y que le fue sumando a su producción poética cada uno de los elementos que formaban parte de la fauna y flora de mediados del siglo XX, a escasas décadas que a los indígenas le fueran arrebatadas sus tierras y casi se extinguieran las milenarias culturas: "Y sus caminos me hablaron / con sus palabras antiguas." La voz del poeta retoma ese derrotero y los incorpora en la celebración de su rito: palabras, imágenes, atmósferas, léxico, nombres, y van derramándose en la ingeniosa estructura de cada uno de los libros conocidos. Colección de objetos —devenidos en lengua y estilo— que con leves desplazamientos mutan su peso histórico y se insertan en la actualidad del bardo que los convoca.

También irrumpe con una fuerza avasalladora el canto hacia la mujer, desvelo del corazón y del pensamiento de Bustriazo; fuego que jamás dejó de alimentar su voz, pergeñando una erótica de la palabra. En ese sentido agrega el poeta salteño Juárez Aldazábal: “el mundo de sus poemas es la mujer. Ella es la calandria, la cardenala que se recrea con un color gredoso que recuerda el mito adánico del barro primigenio. Y esto es así porque Bustriazo recrea en sus poemas el horizonte cercano de un cuerpo jadeante, un cuerpo que se explora en la palabra viva que el poeta conduce eróticamente.”4 Y el mismo Bustriazo responde: "El erotismo está mucho en mi obra, la sexualidad humana, tiene una fuerza omnipotente."

Bustriazo Ortiz ha logrado amalgamar en su poesía parte del lenguaje heredado de los pueblos originarios y la lengua española. Su búsqueda no se quedó en esa rica mixtura en donde confluyen símbolos y mitos de las culturas dominantes y dominadas de la región pampeana, sino que su pluma estuvo pronta para cantar también a los aztecas, mayas-quichés, teocallis o a los egipcios. Incluso cuando la lengua legitimada no le alcanzó para decir, para nombrar, la fue enriqueciendo con un ideolecto inimitable: "Transmitía a mis poemas todo lo que yo podía desear, eligiendo las palabras con minuciosidad, creando los neologismos, porque a veces una palabra no va y otra tampoco, el neologismo me solucionaba el problema".

Territorio de palabras es el poema, yuxtaposición de imágenes, proceso aleatorio de signos, creación y recreación de símbolos, un vínculo que busca trascender la misma operación de escritura y parte, abandona su lugar pasivo, y se derrama ante la lectura del otro: busca siempre una correspondencia esencial entre los hombres, un religar. Porque los signos y símbolos utilizados por el escriba es una de las pruebas auténticas de que el lenguaje es un medio de tratar con lo indecible y lo arcano. Y Bustriazo arriesga: :"Yo me limito a crear el poema. Me vienen todas esas cosas del conocimiento a la palabra escrita. ¡Ah! la palabra humana, del poeta, del creador que es el artista. Es misterioso el acto de la inspiración poética." La palabra operaría, entonces, como una prolongación del cuerpo y del alma del poeta, es un entrañamiento desde el fondo de uno mismo que incorpora y se funde con su semejante. Esa es la tarea primordial: reconciliar al hombre consigo mismo; ampliar sus límites, bucear en lo desconocido, haciéndose vidente, si es posible, como propusiera en su famosa carta Arthur Rimbaud, y confundirse a través de la palabra con el otro. La palabra con la que trabaja el poeta es la construcción de un camino: el de la propia poesía, única e inefable, y que, además, constituye una de las tantas oportunidades de conocimiento, de tantear de nuevo el sortilegio primitivo que conlleva el verbo, sería, pues, la fundación de la casa del ser —según Heidegger—, la belleza-verdad —conforme a John Keats—, la intemperie sin fin —agregará Juanele Ortiz— y este Bustriazo, transmutado en la voz que sabe de embrujos e inspiraciones, dirá “soy el ghenpín: ordenósle hacer la magia.”

Distintas generaciones de escritores le rinden constantemente homenaje a este poeta desconocido para la industria cultural. Se llama Juan Carlos Bustriazo Ortiz, el penca, Juanllanca, el piedra Juan, el Flamenco Bustriz y vive en La Pampa, en la Patagonia-Argentina, “tierra adentro”. Poeta con mayúsculas, valorado y apreciado por sus cómplices lectores. Que a partir de ahora, que es suyo, volará más alto y más lejos, pero siempre indócil como el fuego, como su propio quetral.


1. Dora Battistón. “El mundo poético de Juan Carlos Bustriazo Ortiz” (nota I), en suplemento cultural “Caldenia”, diario La Arena, domingo 16 de agosto de 1987, p. 26.

2. Carla Rivara. “Bustriazo Ortiz: Los diálogos de un poeta con los vientos y los caminos”, en revista Museo Salvaje N° 13, noviembre de 2004, Santa Rosa, La Pampa, p. 8. Las citas subsiguientes corresponden al mismo artículo.

3. Roland Barthes. El grado cero de la escritura, Siglo XXI Editores, México, 1999, pp. 19-20. Traducción: Nicolás Rosa.

4. Carlos Juárez Aldazábal. “Unca Bermeja o la sinfonía del lenguaje”, en revista Museo Salvaje N° 15, otoño de 2005, Santa Rosa, La Pampa, p. 12.