Mirar
y ser mirado
por
Antonio Gil
Mirar y ser mirado, a eso se reduce todo, nos dice Octavio Paz.
Ocurre que
el 7 de junio de 1494, con la firma del tratado de Tordecillas,
comienza un lento pero seguro proceso que nos llevaría,
a los castellano parlantes de América, a la ceguera casi
total que hoy padecemos respecto del Brasil.
Una limitación
ya de orden genético, ya de índole fonético,
que si no reduce a los hijos del verde amarillo a la invisibilidad
total, sí nos los encuadra en una parcialidad caprichosa
y maligna.
Como es
sabido, la gran mayoría de los ciegos conserva algún
tipo o grado de visión, extraña, parcialísima:
Borges veía una nube lechosa, iridiscente en torno a
él, opalescente. Y dicen que Homero sentía en
rededor de sí un negror rojizo, quizá la remembranza
de una vieja noche de batalla. A nosotros el síndrome
de Tordecillas nos ha preservado una visión trunca y
antojadiza de Brasil: vemos algo del polo bahiano, en blanco
y negro, algo de Vinicio, sobre todo la parte que juega Volleyball
en la playa, o la que va tan llena de gracia camino del mar.
El Pan de Azúcar. Lo cierto es que tanto como nos hemos
perdido la visión feroz del cerro Kerosén y de
los escuadroneros subiendo a la fabela con las escopetas en
ristre, nos hemos perdido de la obra oscura y transgresora de
Mattoso.
Sirva esta
puerta de entrada como autocrítica y justificación
a un tan ligero sobrevuelo, como de mosca, a propósito
de esta plaquette que hoy nos presenta Intemperie:
20 SONETOS NETOS Y UN POEMA DESPARRAMADO, de Glauco Mattoso,
el poeta brasileño de la crueldad, el bardo del sadomasoquismo,
la homosexualidad, la coprofagia y la podolatría, cantadas
como transgresión brutal, desde la plataforma de catorce
versos con que nos regaló el barroco.
¿Servirá
también esta plaquette como ojo de cerradura
por donde mirar hacia la vasta realidad de un país que
está más cerca de lo que imaginamos? Quién
sabe. Intuimos de ese lado inmensos fragmentos de realidad que
se desprenden y van a la deriva.
Hay quienes
han comparado a Glauco Mattoso con Artaud. Otros lo han llamado
el profeta del los punks y los pervertidos. Ni tanto ni tan
poco. Mattoso, que sólo escribe sonetos, y que en la
rigidez de esta métrica parece encontrar el bastón
blanco con el que ir tentando la oscuridad -tac, tac tac- hasta
dar con la blandura de la carne, idealmente la de un pie, nos
trae un panorama distinto y provocador de la realidad. Función
de la poesía que en otros rumbos se ha perdido, quizá
por ir ciegos, tras de una idea colonizada y colonizadora de
la belleza.
Mattoso
nos presenta un amplio y devastador anfiteatro, donde la marginalidad
y la incorrección política se juntan hasta los
escalofríos. Donde en el enigmático ritmo, dictado
antaño por los ángeles, emergen trozos de vida,
órganos amputados, fetos informes, hígados hinchados,
picanas eléctricas, felatios. Y una atmósfera
húmeda, como de sudor frío pegado al cuerpo, que
impregna la totalidad de su obra compuesta por varios millares
de sonetos.
¿Dijimos
ya que Mattoso es ciego? Bueno, ahora lo decimos. Y también
diremos que Mattoso se comunica con el mundo mediante un computador
experimental desarrollado por la Universidad de São Paulo.
Este artilugio transforma las palabras escritas en palabras
habladas, que él puede escuchar y responder con su teclado
Braille. Mattoso es el autor de famosas perfomans de adoración
fetichista del pie masculino. Mattoso edita las revistas marginales
gay más importantes del Brasil. Esto, claro, es lo anecdótico,
pero nos ayudará a comprender el gigantesco esfuerzo
que hace este creador por salir del cuarto oscuro en que se
encuentra encerrado, haciendo de su propia condición
un motivo más de sorna:
Tras
quedar ciego pienso que merezco una pisca de atención,
aún ingrata. Compárenme a una ameba medio abstracta,
mistura de alga y de algo. Gen inverso; me pudro en vida, vuélvome
desecho, al mero aguaite de Quien de Facto Mata.
Tiene muy
buen ojo y mejor oído este paulista provocador, un auténtico
Diógenes, el perro, de los tristes trópicos en
su cinismo irreductible.
Sea esta
plaquette una pisca de atención aún ingrata
y sirva también como ojo de cerradura por donde mirar
hacia la vasta realidad de un país, el más diverso
de todos. Un país que está más próximo
de lo que imaginamos .
“¿Por
qué nos hemos quedado ciegos?. No lo sé. Creo
que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos
que ven, ciegos que viendo, no ven” nos dirá Saramago
desde la equidistancia verbal de Lanzarote.