ALIANZA
DE CORAZONES
por Reynaldo Jiménez
Respira
la metamorfosis. La mutación (la
de materia-sentido) dáse en los rostros de la amada. ¿Quién
es Ella? ¿No la posibilidad misma de ser atravesada y dadora
del relámpago de la presencia? No se separa la presencia, por
cambiante que sea, del expuesto fraseo que la evoca. El poema
no se escinde del afecto, es afectado: al nombrarla, Ella, la
reconocida y la incógnita, habita multánimes retratos. Pues
el amor de nombrar sobrepasa el soporte de las nominaciones.
Desenajenado estar, ahora-y-aquí, cuyo desborde —sintácticamente,
incluso— de los diques del sentido, descomprime de preceptos.
Ya que no abriga, esta suite de músico instrumento, unívoco
registro sentimental, la pátina doméstica se realza en tanto
ámbito para otras transparencias. La insistencia-metamorfosis
revela la oscilación de los seres por el lenguaje. El contacto
no deja de ser concéntrico; la gracia es la presencia del ser
amado; el poema, cornucópico en José Kozer, simplemente celebra
y de esta suerte transverbera un presente continuo. Pero ¿quién
es Ella —la que infinitos rostros no definen? Cierto, una reminiscencia
agita sus luciérnagas ínfimas, como por detrás de claridades
más evidentes. La conciencia traspone lo impermanente que la
nutre, y desde ahí consigna, inscribe. Reaparición entonces
de esa escultura etrusca, que fuera un túmulo, en la que una
pareja abrazada, recostada, sonríe para siempre y ante cualquier
mirada. Se diría que los ojos de esas esculturas están absortos
en la plenitud del encuentro, que no se volverá a repetir (que
por gracia de los avatares de la imagen devendrá incesante)
y que por eso ha merecido la rara justicia de una cierta perpetuación
en la piedra. Pero así como es irrepetible el encuentro, el
poema, en su flexibilidad verbal, no deja de moverse a la luz
de la alteridad que se propone apenas y siempre en tanto presencia
continua. Así, la presencia constituye un hecho pero tanto como
una provocación de la voluntad, atravesada, quemada hasta la
médula de sentido por el relámpago de la intimidad, reciprocidad
conciente. Por cosas como ésa la conciencia tórnase cantante.
Mantrar el amado nombre de la amada aviva la fogata de una invocación
viril a la concavidad, al acuático hueco del origen. Lo cual
presupone ritos de pasaje, es decir una cierta violencia ritual
que guarezca de esa otra violencia socializada, pero altamente
destructiva, de la distracción y el miedo. El poema surge para
no cerrarse en el lenguaje: adormilarme donde transige la
madre, entrar donde te vaciaron. Aparición irisada, la
voz escrita es manantial: la escritura por transparencias de
José K se demora en la constitutiva metamorfosis, suelta de
toda univocidad. Cualquier marca de origen no la retiene en
un dominio o un huerto cerrado y continúa, sin embargo, al ras
volátil del simultáneo reino que alumbra la intimidad, aunque
sin afirmar en lo ya visto o encontrado un solo juicio que no
sea el de la lúcida vida. Celebrando el contraste es que el
poema kozeriano ofrece albergue a la instancia curativa. Se
trata, quizá, de una consustanciación entre la voz y la palabra
escrita a la altura concéntrica del corazón. La amada, además
de ser bellísima persona, Guadalupe, por efecto y donación de
la lectura, también puede ser la propia voz (siempre femenina)
del lector si presta el cuidado de la escucha a estos fraseos
irradiantes. La índole es del preguntar compartido, que lo es
en pos de una otra calidad para el destino común, sonrisa íntima
pero expansiva de los amantes: en qué rostro universal cristaliza
la risa. El aglutinante sintáctico se hace atmósfera habitada
de intimidades que, entre paréntesis, no es algo ya dado sino
una in-con-fluencia en la reciprocidad. Es, también, en cuanto
toca al lector, al amateur que la poesía exige para
la interlocución con lo que no queda atrapado en las redecillas
del lenguaje, sino precisamente lo que el lenguaje “trae” a
la mente y “deja pasar…” El lector del poema, por su parte,
poniéndose en riesgo (de desmentida) con los derechos furtivos
de un no-especialista, puede explorar los matices en que el
enigma de la presencia se manifiesta. Y allí —preciso allí—,
la atmósfera apartada de los climas de “el mundo” (ese apriori
autoritario que algunos prefieren ver como sine qua non
legitimador de lo poético) que no alcanza a imponerse a
la frágil fortaleza del consumado romance. Es por esto que el
mundo llega asordinado, vestigio —comparado con la corpórea
relación—, con la certeza de que el amor es presente.
Está claro que el amor no sería sin un cierto disolverse de
sí en la relación, de manera que la presencia se alumbra con
la intención de amar tanto como con el agradecimiento por ser
amado. No negación, entonces, de lo que ocurre “fuera”, sino
ampliación de lo que (ya) es en sí pero fuera de sí, en el frenesí
pacífico del contacto. La intimidad sólo es posible a partir
del matiz, de la aceptación del diálogo como una suma mutante
de matices, incapaces o mejor dicho liberados de la exigencia
de una última palabra. La implosión no aparta de las contradicciones
del mundo, sino que amplía el horizonte de ese mundo hasta ahí
predeterminado por la sola acumulación de los hechos narrables
pero (aún) externos. El acontecimiento del encuentro amoroso
incluye a su vez una interiorización, que traslada lo que afecta
al lenguaje —y casi diría: es la precisión del matiz lo que
impregna de presente continuo al kozeriano poema (efecto materializador
de lo celebratorio). No queda opción de instalarse en un estilo,
en una frecuencia tonal, en una línea de conducta poética, porque
todo influjo se entrelaza en el despliegue de esta action writing:
este poeta nacido en Cuba disuelve cualquier ilusión de identidad
en la múltiple ubicuidad celebratoria de la porosa lengua, puesta
en relación de transparencia con el ánima y con la amada humana
(como cantara un Caetano: yo no tengo patria mi lengua es
mi patria / y tengo matria y quiero fratria). ¿Quién es
Ella: amada, lengua, palabra? El repentismo desautomatizador
de José K se deja llevar por la fuerza del ánima en la encarnación
—no por nada la lengua es hembra, todavía— que se abre, florambigua,
al poema en su devoción al más acá.
buenos
aires. agosto 2003