SUITE
GUADALUPE: UNA COMPOSICIÓN (DE LUGAR)
por
José Kozer
Guardo la
ya inveterada costumbre de compartir con Guadalupe buena parte
de los poemas que escribo, a medida que los escribo: nuestra
cotidiana conversación, hecha también de silencios,
viene desde hace treinta años conformada por este intercambio.
Por lo general, le digo: te dejé tarea sobre la mesa
de la sala.
Más
tarde, sentado yo sobre nuestra cama camera, donde paso horas
leyendo, escribiendo y oyendo música, aparece Guadalupe,
poema en mano, se sienta en la butaca junto al tálamo,
tiemblo de la coronilla a los dedos del pie, azogado aguardo
el veredicto. Y ella, que no me miente, dictamina: al tacho
de la basura, o regular, o está muy bien, o madre mía
de dónde los sacas, o qué maravilla: pasado el
susto obedezco, rompo el poema (casi nunca) o lo encarpeto.
A veces, y en verdad con cierta frecuencia, nos enzarzamos en
una conversación sobre el poema que nos resulta emocionante:
por algún motivo que no entiendo ni quiero entender,
en un punto de esa conversación, me vuelvo lúcido,
me desmando a hablar, ramifico, sutilizo, me pierdo en auras
y abras, y de pronto veo que ha pasado el tiempo y ahí
está Guadalupe escuchando, sonrisa beatífica:
de pie, me inclino, beso su frente, recibo su paz.
Escribo
poemas, uno tras otro, sin proponérmelo demasiado y sin
necesitar hacer libro o configurar poemas en serie: los poemas
se suscitan sucediéndose un tanto a mansalva, sin aparente
ton ni son, a su aire y como vienen: ellos mandan, yo acato,
aunque sin dejar de mandar. Así, hoy puedo escribir un
Divertimento, mañana un Ánima, pasado un Naïf
y luego un poema oriental seguido por un poema “cubano”
y otro “judío”. Y sobre todo el rebobinado
y entretejer de todo lo anterior en un mismo poema. En alguna
que otra ocasión me disparo un grupo de poemas que son
parte de una serie, justo lo que me ocurrió con esta
Suite Guadalupe. Su idea surgió in toto,
se me impuso como homenaje y como Libro de Horas, la visión
del día en cuanto presencia carnal, espiritual, de la
persona con quien comparto hace lustros mi vida.
Recuerdo
haber escrito estos poemas, uno tras otro, en el orden en que
ahora se publican, sin mediar interrupción poética:
iban saliendo de su misterio, de su Nada, y entraban coleando
y vivos en el oscuro espacio de la página (manuscrita)
de uno de mis varios cuadernos de escritura que en un momento
dado tengo a mano. Al hacerlos, sentía: sentía
la enormidad de haber vivido, la irrealidad de un día
tener (ambos) que morir, de tajo y cuajo tener que separarnos,
y sentía la necesidad de no aferrarme: y como desde hace
años carezco de melodramatismo, si me emocionaba más
de lo debido, o incluso se me aguaban los ojos, me tomaba aquello
como una bendición, y parte de la dicha de contar con
palabras para cantar a la Amada.
En siete
días escribí esta Suite: por primera vez en años
no dije una palabra de lo que iba escribiendo, ni por supuesto
le mostré a Guadalupe los poemas. Al final del proceso,
luego de revisarlos, rehacer lo que consideraba había
que rehacer, y de haber mecanografiado todo el material en la
computadora (mi zona de olvido) imprimí los textos y
le dije: te dejé tarea sobre la mesa de la sala.
Unas horas
más tarde entró Guada al dormitorio, se me acercó,
me dio un beso largo y con los ojos aguados, en verdad aguados,
me dijo: qué maravilla; gracias. Y nos sentamos, tranquilos
(yo, tranquilizado) a hablar de los poemas, transformados en
dos buenos amigos que luego de los tejemanejes del lenguaje
y del amor, saben dar y recibir sin ulterioridad.