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Suite Guadalupe / (Texto leído en la presentación)


SUITE GUADALUPE DE JOSE KOZER

Armando Roa Vial

José Kozer es uno de nuestros primeros poetas hispanoamericanos contemporáneos. La publicación de la Suite Guadalupe, a cargo de Ediciones Intemperie, una editorial chilena, es un gesto que no podemos sino celebrar. Acostumbrados a una cierta autorreferencialidad poética, lo que en ocasiones puede ser un síntoma de fatiga intelectual, considero un saludable ejercicio de curiosidad el abrirse a otras tradiciones tanto dentro de nuestro continente y nuestro idioma como fuera de éste.

Sé que José considera superfluos los datos biográficos. Digamos, sí, que nace en Cuba en 1940 y que emigra a Estados Unidos en 1960. Desde entonces desarrolla una labor muy interesante no sólo como poeta, sino además como profesor universitario en Queen’s College, como antologador, ensayista y traductor. A diferencia de muchos de sus compañeros de generación, Kozer es un poeta premunido no sólo de una enorme cultura literaria, sino también filosófica, histórica, lingüística y teológica. Ya en la Suite Guadalupe advertimos dos características de la poética de Kozer: cada texto no es un simple agregado de poemas sino una totalidad orgánica, una totalidad siempre provisional que dialoga en un fino contrapunto con otros textos anteriores, motivos y contramotivos que surgen, juegan, se esconden para reaparecer en contextos diferentes, desestabilizando o reforzando significados. Cada poema es parte de una superficie concebida como los abalorios de un caleidoscopio susceptible de infinidad de figuras. Con cada lectura esa superficie varía, originando una aproximación distinta. Es un diagrama de flujo, una circunsferencia cuya esfera está en todas partes pero cuyo centro, por ser siempre dinámico, no está en ninguna. Ajeno a los encorsetamientos y modas de tantos de sus contemporáneos, Kozer hace suyas una multiplicidad de lecturas desde las que articula una voz singularísima; pienso, en una simple enumeración inicial, en la filosofía panteísta de Spinoza; en la mística de Böhme y Swedemborg –con la que dialoga desde “Farándula”–; en la cábala judía y en la ética Confuciana; en las series matemáticas de Wilkins o en la poesía de Ezra Pound y Zukofsky. La Suite a Guadalupe permite a José reintroducir de manera explícita elementos de una de sus grandes pasiones: la música. Cada sección está concebida como un movimiento con motivos, frases e incisos; las acentuaciones (o agógicas, según la nomenclatura musical) están urdidas, más que a cómputos silábicos, como es tradicional en nuestra poesía en lengua española, en base a pies métricos. Kozer intercala juegos de acentos débiles y fuertes con acentos fuertes y débiles, permitiendo así una fluidez muy particular a los poemas, cercana al ritmo cortado, y que da unidad a la modulación más allá de los diferentes tonos que matizan los poemas: desde lo sentencioso a lo coloquial, pasando por la ternura, la ironía, el humor o la nostalgia. La ritmicidad se refuerza por la introducción de oraciones subordinadas que refuerzan el fraseo largo. Los movimientos de esta suite imitan el curso del día desde antes del alba, con la Invocación, hasta después de la medianoche, con el Exeunt, incluyendo un momento de reposo, la Siesta.

La Suite a Guadalupe, como todo buen libro, admite multiplicidad de lecturas. Yo me detendré en una, tributaria de las múltiples referencias intertextuales que introduce José. Me refiero a un acercamiento a partir de la filosofía Chuang-Tzú, una de las figuras omnipresentes en estas páginas: el ser amado no como causa eficiente sino ejemplar, esto es, como un núcleo fijo hacia el que todo tiende. Es, aunque suene a paradoja, una quietud activa, como la del río que fluye pero mantiene la identidad consigo mismo. Aquí la amada, encarnada en Guadalupe, la gran dadora de vida, se transforma en la integridad misma del amor que sin salir de sí mismo prodiga sus perfecciones entre quienes gravitan a su alrededor. Guadalupe es “el cerco concéntrico de la esfera”: las doce en punto donde el poeta y su amada enmudecen. Presencia sin presente: la eternidad que deambula entre el ya no y el todavía no, cifra y resumen. Pero el amor también reclama la palabra.

Kozer, decía, elige la música, para consagrar ese presente perpetuo del amor de Guadalupe: un presente donde parece ser ella quien desteje el poema: porque Guada es la palabra hecha carne, la domesticidad y cotidianeidad de la palabra: origen, apertura en lo otro para el repliegue en uno mismo. El yo y el tú como la diástole y la sístole de un espacio verbal que es el espacio para el encuentro amoroso, para el zarpe y el nado bajo los alisios de Chuang-Tzú, la interlocución expansiva de los amantes que invitan al lector al ágape celebratorio, celebración gozosa y desinteresada. Esta invocación a Guadalupe es una zambullida en la experiencia última del otro, el “unísono que nos permite mantenernos en pie”. José Kozer, en esta suite, une el eros platónico, el amor que toma, que desea poseer y conservar, con la philia aristotélica, el amar aquello de lo que estamos gozando. Lo bonito es que a través de esta fusión, de este homenaje al amor de y por su amada, la Suite Guadalupe abre también en el lector la apetencia a la tercera dimensión del amor, el ágape: el amor al prójimo, sea éste quien sea, ejercicio liberador de nuestra vanidad. Así pues hay un juego de amores, amores como los diferentes ciclos del día, amores que toman y dan, que comparten, que se alegran; amores únicos e irrepetibles bajo la luz de Guadalupe, la Beatriz de José, el santo y seña de este autor, cuya obra, esparciéndose secretamente a lo largo de este continente, permite que “los espacios interestelares crezcan, se agrande el ojo y todo se encuentre a mayor altura”.

La Suite a Guadalupe continúa una obra que refresca y enorgullece la noble tradición del lenguaje español. Kozer es uno de los poetas con mayor riqueza de vocabulario que he conocido, incluyendo neologismos y reformulaciones semánticas. No está demás recordar que José es un espíritu extraterritorial, cubano de nacimiento, residente en Estados Unidos, con ancestros judíos y polacos, y con múltiples patrias espirituales por adopción. No es casual que Kozer sea un espíritu cosmopolita, ajeno a la barbarie de las especializaciones y estancos.

Gracias José por su poesía. Gracias amigo por ese espíritu profundamente íntegro, ejemplo de honradez humana e intelectual.

 

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