José Kozer, a quien he comenzado
llamando aquí J.K, es , hoy por hoy, uno de los autores
más interesantes, prolíferos y audaces de
la poesía contemporánea. Incluido en más
de veinte importantes antologías del ámbito
hispanoamericano y norteamericano, traducida parte de su
obra al francés, portugués, inglés,
griego, hebreo, alemán e italiano, es sin embargo,
un poeta escasamente difundido en su país natal (Cuba)
y prácticamente desconocido en Chile, es por ello
que resalto la importancia de las publicaciones realizadas
en ambos países respectivamente: poemas publicados
por la Revista del Vigía, Matanzas, Cuba,
“No buscan reflejarse”, antología poética
con selección y prólogo de Jorge Luis Arcos,
Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2001 y esta publicación
de Ediciones Intemperie, así como los poemas aparecidos
en la revista Proa, por esfuerzos y cortesía
de Armando Roa Vial.
En las itinerancias o accidentes biogeográficos
de J.K, puede (y debe) decirse que: nació en La Habana,
en 1940, hijo de judíos checos (por parte de madre)
y polacos (por parte de padre); en 1960, junto a su familia,
abandona la Isla y se radica en Nueva York hasta 1995, de
donde parte a Málaga, Andalucía (que ya alternaba
desde 1972 con su estancia neoyorquina) y desde 1999 vive
en Miami, Hallendale.
ULISES Y NADIE
Catalogado por más de algunos como
un autor barroco o neobarroco, su poesía, si bien
utiliza procedimientos pertenecientes a estas corrientes,
resiste a las clasificaciones y catalogaciones. Tanto es
así, que ante el desconcierto que provoca su escritura,
algunos críticos han empezado a hablar del “verso
kozérico”, de la escritura kozérica,
del estilo kozérico, donde le hombre (Kozer) es su
propio estilo. Otros, apoyándose en lo que han dado
en llamar estructura narrativa de su poesía, han
comenzado a hablar de la “prosía” como
el género que se viene y del cual José Kozer
resultaría un antecedente y un referente ineludible.
Preguntado el autor sobre su filiación
barroca o neobarroca, ha respondido con un “no lo
sé” encogiéndose de hombros y ha pasado
a relatar la “gestación” y “elaboración
ilustrativa” de uno de sus poemas, “Comecandela
la muerte”. “(El poema)... lo escribí
en un cuarto de baño, defecando. Reúne en
su espacio un sin fin de materiales: materiales valorados
por el lenguaje tradicional y materiales de acarreo, degradados
y “chistosos”. Emplea cubanismos (comecandela,
ñíngara, castigajebas -cubanismo que acabo
de inventar escribiendo el poema-, comegofio; inventa palabras,
usa un argentinismo, una cita en idioma alemán, elementos
de la realidad judía y yiddish, referencias cubanas
(El Barrio Chino, Cuatro caminos, la Habana Vieja), elementos
poéticos “nobles” o degradados , como
llamar a la Muerte “fulminante bisoja” o ”puta
cronométrica”(...) “Si neobarroco es
la lucha del lenguaje en toda su extensión e intención
por encontrar modos de expresar lo complejo, lo difícil
que estimula (como pensara Lezama) entonces el poema que
he escrito es, al menos parcialmente, de índole neobarroca”.
(1)
Multirreferencial, llena de una profusa
multiplicidad de registros lingüísticos, la
poesía kozérica está llena de intersecciones,
yuxtaposiciones y es de una complejidad y riqueza verbal
que lo colocan como un autor creador de una propia lengua,
lúdica, abierta a los cuatro vientos, agónica,
en un agón, en una lucha perpetua, allí donde
el lenguaje es un hábeas-campo-de batalla. Allí
donde más de 4000 poemas escritos se erigen y se
desploman, se ramifican y bifurcan, cocean, sudorosos caballos
kozéricos, conjurando, con la escritura el horror
al vacío y a la Muerte.
Es difícil pretender insertar a J.
K dentro de una tradición, si por tradición
se entiende seguir disciplinadamente los pasos del rebaño
o de las otras bestias precedentes. Por ello, tal vez, se
ha dicho que la única patria de José kozer
es su lengua. Pero esta lengua astillada, rizomática,
mestizada, tiene una matriz espacial afectiva de la que
se despliega persiguiendo la voluta en espiral. Este espacio
es Cuba. No sólo el habla cubana, “el cubaneo”,
están presentes en ella, sino la isla, recordada
y reconstruida en la distancia, es la madre, matriz, (reinventada,
por perdida) de la que parte, deplegándose, la escritura
kozérica, que incorpora y subvierte numerosas tradiciones.
Si no bastaran las palabras del escritor
cubano Eliseo Diego -“no se nace en un sitio por azar
sino para dar testimonio”-, podríamos recurrir
entonces al propio Kozer, quien se ha autodefinido como
“Ulises y Nadie”, en un intento de anonimato
y disolución de identidad, pero conviene no olvidar
que a Ulises lo guió, y le demandó todos los
esfuerzos del viaje, el retorno a esa tierra áspera,
miserable y mítica, Ítaca, la Isla, esplendente
sólo en la memoria. En palabras del propio Kozer:
“Maravillosa casa de Estrada Palma 515, entre Goicuría
y Juan Delgado, Santos Suárez, La Habana, Cuba -el
Universo- como diría Joyce”.(2)
SUITE GUADALUPE
Para homenajear a la Amada, su mujer, Guadalupe,
J. K, elige una pieza musical instrumental, barroca, la
suite, que permita, a través de la serie de melodías
y movimientos, los desplazamientos y mutaciones, metamorfosis
que habrá de realizarse en el objeto amado: la Suite,
precedida de una composición (de lugar) comienza
con una invocación donde se dice que “detrás
de La morera, en un Libro de Odas que recopiló Confucio,
se escondió Guadalupe”. A partir de aquí
asistimos a las incesantes transformaciones y mutaciones
de la amada y el Amante, donde una única sustancia
permanece inmutable: el amor. Guadalupe será descrita
entonces con coleta china, “de las doncellas la más
bella que canta una oda dirigida a Chuan Tzu”. Al
alba, Guadalupe aparece vestida de persa: Ararat, Jardines
Colgantes, el desierto de Goby, Roma, se amilanan ante el
hambre animal de las especies, ante el hambre animal de
los amantes, insatisfecha en el desayuno: “Indoblegable,
hambre: la roya y el cornezuelo se sacian, deglute la mosca,
se apresta la araña, la mano de la princesa lame
el venado, sal para la vaca, terrón de azúcar
para el caballo, el mayordomo imperial sirve ferias de putrefacción
a los insectos, una cadena de oro, ruedas dentadas asidas
al movimiento perpetuo, euforia indoblegable el hambre.”
Y a continuación, con un lenguaje
coloquial no exento de ironía, el hablante-hablado-lírico
pasa a la descripción del desayuno en lo que se ha
dado en percibir como una cotidianidad trascendente: “Este
café sabe a achicora, Guadalupe; la mantequilla no
se gestó en las ubres (..) y encima me atiborras
de pastillas (C, D, multi, baya de palmito, aceite de salmón,
extracto de papaya, 850 miligramos de avena, ayer me troqué,
va y me tomo una gragea de estrógeno, verás
que me salen tetas”. Y es que en la poesía
de José Kozer, la jerarquías lingüísticas
quedan abolidas, la alta y la baja literatura, el material
noble y el “impuro”, el alma y el cuerpo, la
parte elevada (de la cabeza para arriba), la impura (de
la cabeza para abajo), quedan suprimidas y el poema, espacio
omnívoro, fagocitante, va devorando todas las materias.
“Guadalupe, la lepisma, comiéndose un libro”.
El poema no se detiene, avanza como las
insaciables ruedas dentadas en movimiento perpetuo. Los
amantes mutarán en los hebreos del Cantar de
los cantares, disfrazados de japoneses y en sucesivas
figuras, pero es importante constatar que aquí asistimos
a una representación, a una puesta en escena, donde
los amantes se “disfrazan”: “sobre esteras
de yagua nos sentamos, disfrazados de japoneses, quimono,
obi, banda blanca en la frente”. Una representación,
una puesta en escena, parodia de la que son conscientes
y a cada rato, asoma, por sobre las mutaciones –metamorfosis–
la incontenible risa que la representación provoca.
Amado en la amada tranformada (otra de las
metamorfosis), encarna éste también el papel
de Guadalupe: “y no deja de ser aconsejable que haga
yo el papel de Guadalupe... un vestido a cuadros”.
Pero si el poema se aleja del pathos, de la emotividad
explícita, no escapa, por velada, (también)
su esencia trágica. Los amantes, ellos mismos instrumentos
músicos:“Guadalupe viola, clarinete yo, un
pie los dos en el atril”, forman el amasijo de un
sueño. Sueño de Guadalupe soñando a
Chuang Tzu (de Chuang Tzu soñando a Guadalupe), “Dos
mariposas negras forcejean puestas al filo de la medianoche”
y a los pies de la amada, entre la yerba y miríadas
de insectos hay una tablilla:“ahí se lee con
claridad rayana en lo absoluto, mi nombre póstumo”.
¿Pero de dónde salen estas
imágenes, que amplían las fronteras de la
realidad gracias a un acto casi de ilusionismo? Como la
magdalena en la taza de té evoca en Proust el tiempo
perdido, un recuerdo específico, concreto, de Guadalupe
(sin disfraz) en un barrio de Santos Suarez, en La Habana,
convoca y provoca todo el facsímil de esta historia
de disfraces estelares. Guadalupe en Cuatro Caminos, edad:
diez años, saya de tafetán, blusa escotada,
comió un plato enorme de camarones chinos con chatinos
en La estrella de Oro, en Cuba (exeunt). Camarones
que aparecerán metarmofoseados en la invocación
como camaroncillos de zarcillos ante una Guadalupe de cristal,
biselada. Por su parte, en esta composición, está
la simultaneidad o fusión de paisajes donde la ceiba
(arbol emblemático cubano) devine también
en árbol de Bob, en cedro del Himalaya. Y “al
alzar la telilla, ver pasar la Isla con el lago azul de
zafiro.” Despojados los amantes del disfraz estelar
(exeunt) el hablante lírico hace un sobrio
recuento de “su salida tras bosquejar por enésima
vez la Isla que dejé aun sin bojear”, “bogué
por el Mar de azov -nos dice-, crucé el Sahara, subí
al monte Tai, de sal petrificado, quedé en esta orilla
(exeunt): todo esto sucedió hace mucho tiempo,
sólo ahora acontece entre Vega y la constelación
del boyero”. La constelación del boyero, fue
muy popular en la antigüedad, y aparece desde la época
homérica, teniendo como estrella principal a Arturo,
la más brillante, junto con la Vega, del hemisferio
Norte. El poema entonces nos narra también un viaje,
nos traslada de la Vega (el hemisferio norte donde ahora
vive el poeta) hasta el remoto Cuatro Caminos de su infancia
habanera. Y nos permite recordar que el boyero, era la estrella
que guiaba a Odiseo (Ulises, con quien el autor se ha identificado)
en sus peregrinares e infortunios por el vasto mar.
El mito órfico, la música
y el número de remembranza pitagórica están
velados (trenzados en la urdimbre) en la puesta en escena
de esta suite compuesta por J. K, “judío de
números y letras”. Desde la Invocación,
junto al esplendor de la vida en el mimbre repleto de frutos
está la indispensable “ciruela para rendir
tributo a los muertos”, ciruela que pasa de boca en
boca de los amantes. Y si los pitagóricos vieron
en el tetrakys el número sagrado por excelencia,
quizás no resulte demasiado aventurado recordar que
la suite, de manera canónica, se define en 4 danzas,
y que “de jade (son) dos los amantes, cuatro, de lapislázuli”
y el suelo queda sembrado de “alboradas y tetrasílabos”.
En la Siesta, hay una alusión (jocosa) al
mito órfico; Guadalupe no puede ser mirada, y el
poeta se abstiene de mirarla o “Guadalupe no sale
viva de la siesta”.
Si el ritmo y la palabra, el número
y la cifra, alcanzan en instantes privilegiados el ensamble,
la juntura y la armonía en algo tan difícil
(hoy) como “coger el tono”, con esta Suite
Guadalupe, José Kozer consolida y prolonga su
trabajo que pertenece a lo mejor de la poesía cubana
de todos los tiempos, a lo mejor -sin acotaciones- de la
poesía.