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Suite Guadalupe / (Recención)

 

La intimidad leída

Carlos Labbé J.

La literatura es quizás la única expresión artística donde la intimidad entre las personas puede permanecer indisimulada, en dos de los sentidos de esa palabra: explícita y sin fingimiento. Al leer un libro, las diferentes voces de un escritor me hablan directamente, mientras yo, lector, las percibo sin otra mediación que la lengua, la sintaxis, la palabra, el sonido. Autor, texto y lector compartimos un espacio caro, particular e intransferible –exclusivo, añadirán los ambiciosos; propio, los necesitados- que no forma parte del espectáculo, esa convención tan alentada por la sociedad cuando se comporta como un organismo vanidoso que necesita mirarse al espejo y a veces sacarse un pelo que lo irrita. Un libro sólo necesita luz para ser considerado, no exige además condiciones de silencio, de oscuridad como el teatro o el cine, para que uno aparente que está frente a frente con alguien, atendiéndolo.

Esa intimidad que ocasiona la literatura se vuelve pudor en el momento que el autor dirige sus palabras a una persona querida, ya sea fuera del discurso literario, mediante una dedicatoria o por medio de alguna de las voces con que le habla a una segunda persona en el texto mismo. Pudor, en efecto, por el erotismo que surge en mí, lector, cuando la voz del autor se dirige a otra persona. Le presto toda mi atención y de regreso la exijo entera por parte suya, pero de pronto esa voz está hablándole a otro que no soy yo. Comienza así una lectura celosa de mi parte, que la mayoría de las veces –en la mayoría de los libros- deriva en una claudicación por parte del autor, que no quiere perderme y se limita a hacerle guiños casi imperceptibles a esa persona que no forma parte de nuestra intimidad.

Suite Guadalupe forma parte de un caso distinto de intimidad literaria: el caso en que el autor sabe más que el lector. En esta plaquette –o pequeño poemario-, el cubano José Kozer escribe siete momentos de un día cualquiera junto a su mujer Guadalupe en la casa que ambos comparten. Los olores de dos personas, sus hábitos, los movimientos con que se tocan, se alejan, se acercan y se evitan; las temperaturas de sus cuerpos juntos, separados, en vigilia, en duermevela o en el sueño; las distancias que toman el uno respecto del otro en esa casa que han recorrido tantas veces. Todo eso por nombrar algo que no sea lo que comen, lo que beben, lo que disfrutan, lloran y lo que visten, es lo sabe la voz de Kozer en el poema. Y yo no. Sabe, por ejemplo, que la intimidad literaria en realidad sí es disimulo, sí es fingimiento. Escribir libros es un engaño, pues no se dirige a nadie en particular y pretende dirigirse a todos. Por eso el patetismo de los libros que nadie lee, la sensación de completa inutilidad que da la letra muerta. Cuando Kozer acumula imágenes de distinta procedencia -incluyendo series de alimentos, citas a textos de alta cultura, canciones populares y descripciones minuciosas de cuerpos, ropas y arquitectura- lo hace en torno a su mujer, para darle connotaciones inesperadas, concupiscentes como místicas a alguna acción que ella realiza, y que así trascienda, en la intimidad de la escritura, la relación cotidiana que ellos viven.

Se ha señalado que la escritura que hacemos hoy es tanto consecuencia de los relatos épicos y trágicos de la antigüedad como de los Libros de Horas, esos listados que monjes y aristócratas realizaban en varios momentos del día de sus pecados, sus necesidades y las oraciones que dirigían a Dios. En un momento de la historia de la humanidad se perdió para muchos esa intimidad cara que el escritor mantenía con aquel que dictaminaba los hechos de su vida, pero el hábito permaneció. En Suite Guadalupe, Kozer dirige sus palabras a su querida mujer. Y yo, lector, dirijo mi lectura a través de esas palabras hacia la intimidad de la pareja, una intimidad llamada erotismo cuando eros se traduce como amor.

(26/10/2004)
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