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No insista, carajo / Silvio Mattoni (Córdoba 30/05/04 y 02/07/04).

 

La poesía, insisto
por Silvio Mattoni

Andrés Ajens nos ofrece una trama astral del sur, donde el chorreo de las iluminaciones en el cielo abunda y deja atrás las parcas figuras del zodíaco griego. Y aun de esas constelaciones que Mallarmé veía, mudas, sobre las cabezas de los obreros analfabetos y que sin embargo brillaban, o brillarían también para ellos sólo con que tuvieran un descanso y pudieran alzar la vista.
Y precisamente, el viejo golpe de dados de Mallarmé viene a mostrarnos otra vez sus ecos de novedad, porque percibo inmediatamente el parentesco gráfico de este carajo de Ajens con aquella jugada que rompía el verso simbolista y la unidad misma del poema como discurso. Ideas, entonces, consteladas en el espacio de una página ya no blanca y con notas de negro esparcidas, sino satinada y manchada de letras color borravino, azules, grises de máquina, negras de pluma, color verde musgo.
Pero no solamente las ideas van a desmenuzar aquí la frase, la gramática de un sentido, sino que además el mismo idioma en que se escriben estos mapas o fragmentos de partituras atonales resultará desarticulado. Etimologías aborígenes de términos adoptados por un castellano híbrido, reflejos de francés, descomposición de palabras, neologismos, todo se orquesta para que nadie diga y sin embargo una voz parezca exclamar: “como que me está hallando un // estallido”.

Nadie lanza los dados, de golpe el dibujo mismo de las piezas en el paño o tablero o papel se encuentra desarmado.

¿Deberé observar el libro que se reproduce allí, la imagen sin palabras, con una mancha roja entre sus páginas abiertas, chorro de sangre, en un suelo imposible? Al final, los apéndices del libro muestran el cuadro completo, pero el enigma crece. ¿Qué quiere decir todo esto? Pregunta mallarmeana ante unos árboles o el cielo. Probablemente que “sólo la infancia abre campo”, como se lee en un fragmento último de este “trauma austral”. Es decir: no existe un maestro que domine el campo del poema, porque ya no hay poema como tal, ni siquiera una conciencia que intentaría darle unidad a las formas que el azar ofrece. ¿Y cómo decir entonces que se trata de azar? ¿A qué necesidad, a qué orden se podría oponer?
Todo es igualmente necesario y accidental, se pierde lo que no se tiene, y cualquier pérdida parece mejor que creer en lo ganado. Por eso, creo, el rechazo a la insistencia de Ajens habla y no habla de la imposibilidad de escribir sin más, sin que nada se gane, ninguna obra se atesore para su monumento o su tumba.

Si fuera un fármaco, llamado “ajens” y con lejanos orígenes en el ajenjo que tomaban Rimbaud y Verlaine, diría que tenemos un antídoto contra la personalidad monumental de los así llamados grandes poetas, una poderosa sustancia disolvente que ahora viene en píldoras de colores y envuelto en un atractivo envase de poesía visual. Es una pieza gráfica y conceptual, pero también es música de la musa personal.

Córdoba, 30 de mayo de 2004

insisto

Y sin embargo, tras una demora inesperada, pienso de nuevo el libro de Andrés, insisto en él. A pesar de todo, hay alguien ahí, eligiendo los tonos, las grafías, buscando esas citas secretas que al final se revelan a medias. ¿Debo creer que es aquél, desautorizado de sí mismo, que hace un poema último, a destiempo, con versos de 13 sílabas? Al perder así la poesía, ¿no ha ganado ese orgullo que ostentaba una frase de Rousseau, tan lírico en sus Confesiones? ‘Emprendo una tarea que nunca ha tenido un modelo y cuya ejecución no tendrá imitadores’. Perder lo que no se tiene es ganar lo que no puede tenerse: escribir sin más. (leer el poema). ¿Habrá una huella que escande el tiempo en este ritmo desplegado en el fondo del libro de Ajens? ¿Y no será todo el libro una versión “orquestada” de esa pérdida y una celebración del presente y del futuro? Porque además la trama astral señala una canción de cuna, un destino dedicado al ritmo de lo nuevo, a los nuevos seres que habrán de descubrir un día que ya perdieron lo que nunca han tenido, pero cuyo sueño o imagen los impulsa, es decir, un nombre. Sólo la infancia abre campo, leemos, a la proximidad y a la posible liberación de una máscara que por mucho tiempo usurpó el lugar del hablante, en su endeble trono de poeta como persona primera. Pero sucede que “yo”, ese monosílabo sin referente, es la última palabra que se aprende y es la puerta que se cierra o el libro que se termina. Aquí y ahora, en cambio, no hay sino extensión, altiplanicie, traumas que se evaporan en la inmensidad austral.

[Córdoba, 2 de julio, 2004]

[Texto leído en el Centro de Arte DocumentA/Escénicas, en Córdoba, el viernes 2 de julio del 2004. Silvio Mattoni es cordobés escritor y traductor].