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No insista, carajo / Jorge Guzmán (Santiago, junio, 2004)

 

No presentación de: andr´s ajens, et al, no insista, carajo

por Jorge Guzmán

¿Por qué me tratan, digo yo, por qué me tratan así? Yo soy un honesto ex académico. No merezco que se me prohiban cosas importantes, y ¡en esos términos! Y un poco adelante, se agrega que “no tiene objeto”. ¿Cómo no va a tener? Porque, digo yo, si no puedo juntar tanta cosa como se mete entre las tapas de este libro de tan pocas líneas y páginas, y darle un sentido, señor, un sentido que no tenga yo que ir a buscar por los alrededores de lo que leo y en el proceso se me desorganice mi mundo, pierda su centro, se me desnorte. Si no puedo hacer eso ¿qué se me hace la literatura, mire? Vea, que al final el propio libro me dice que sí, que puedo insistir, porque algunos alfileres sujetan la cosa, los “alii”, aquellos otros responsables del libro: está una fotografía de La Moneda en llamas y me regocija, me tranquiliza, encontrar nombres que he oído antes y sé que están en la historia de la literatura (por ejemplo, Celan y Verlaine, y J. L. Martínez, que debe ser Juan Luis y hasta con Díaz Casanueva se encuentra uno). ¿Cómo va a ser cosa de que me maltraten por insistir? Quizá me demore muchísimo, quizá necesite un equipo grande de asociados y auxiliares, pero tiene que ser posible. Tenemos que poder meter juntos las fechas de la invasión de esto donde vivimos (con eso se puede intentar entender lo de las surescrituras, porque este sur parece ser el nuestro, por el huemul ese, que aparece y reaparece por las páginas) y poetas que escribieron en alemán o en francés, y encontrarle una explicación que reduzca a esa endemoniada mula que suele acompañar al huemul, y hallarle un sentido disponible, ¡cara de ajens!, uno solo, por donde también nos debe ser posible decidir si “en saya” es un puro chistín resoluble que junta la saya quechua con la saya española y se burla con la joda de que si leo en alta voz “en saya” viene de “ensayar”. Tengo que poder hacer todo esto. No me lo pueden prohibir. ¿Qué requetecontras hago si se me juntan los lenguajes, y las regiones y las culturas, y poetas varios, y la historia de nuestros sures (¡tan poco importantes, Gott im Himmel!) y sus tristes, pobrecitos onces de septiembre con los onces que realmente valen y señorean, y God forbid, hasta quizá con las once de las tardes infantiles? Y agréguele a este maremagnum todo lo que quiera. Está la sintaxis, señor, y la distinción, señor, yo insisto, entre lenguaje escrito (li-te-ra-tu-ra que se llama) y lenguaje oral. ¿Qué hacemos si yo dejo de insistir? ¿Qué pasa si me invitan a dar una conferencia a un curso de alumnos graduados y vengo yo, y les salgo con que no hay límites que estén basados en la sacrosanta letra impresa y que desde ella acoten la realidad, le pongan límites buenos, que uno les pudiera mostrar a su papá y a su mamá y conseguir que le regalen una bicicleta, sino que los graduados deben admitir que se estén contraviniendo cosas tan sagradas? Se me deshace todo, se me deshace, y también se les deshace a los graduados. No se me puede pedir que no insista y aducir nada menos que “no tiene objeto”. Si no hay objeto en insistir en ponerle orden a este desgalichamiento de palabras sin fronteras ni jerarquías, se me deshace el mundo, y vea, su merced, que no puedo ni quiero vivir en un mundo donde las cosas no estén en sus anaqueles, un mundo donde nadie pueda decirme qué es arriba y qué es abajo, quién manda y quién está obligado por la decencia y la propia conveniencia a obedecer a sus mayores. No insista, señor Ajens, yo tengo que insistir. Si no insisto, hasta puede que a alguien le dé por hablar de igualdad, de real multiculturalidad, de verdadera democracia, de otros mundos posibles, y eso sí que no, señores, por ningún motivo. A mí, que no me jodan. Pero queda, señor, una joda final, digo, una esperanza final. Que con esto de no haber ni límites, ni jerarquías, ni fronteras lingüísticas, nos vamos acercando al silencio y cuando lo pienso, me acuerdo de que en alguna parte le leí a algún teólogo que el silencio es el lenguaje de Dios. Y entonces, ahí sí que sí. ¡Ahí te quiero ver! Volvemos al creador y a los “magister dixit” y a la más alarmante dialéctica y a los fundamentalismos. Y entonces, en nombre del silencioso absoluto, nos largamos todos a los escupos, y los peñascazos y los bombazos. Es decir, volvemos al pleno siglo XXI. Parece que en serio tengo que insistir. Lo malo es que no sé en qué dirección.


Firmado: Un Casi Ilustre Ex Académico

[No presentación leída en el Café Bar El Perseguidor, en Santiago, el jueves 17 de junio del 2004, por un amigo del "casi ilustre ex académico", hallándose éste último aquejado de un mal súbito e imponderable. Jorge Guzmán es escritor].