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Desandranzas de Andrés en los Andres / Cé Mendizábal (La Paz, 19/08/04).

 

Desandranzas de Andrés en los Andres

por Cé Mendizábal


Los escribaños y escribenios que hemos adoptado la ortodoxia del lenguaje para ir por el universo en pos de un lector, en búsqueda de hacernos entender, empeñando en esto buena parte de nuestras fuerzas a fin de lograr cierta claridad y otras solemnidades, acometemos tareas que, bondadosamente, se conocen como significantes.

Nuestra afán, nuestro trasvase, nuestra interpretación de la realidad se sirven de un instrumental muy concreto. Para el caso que me ocupa, las palabras, el verbo... la gramática misma. Urdimos así un tapiz que se pretende sea leído de cada lado para ofrecer facetas distintas, tan tentadoras como alienantes, pero de cualquier modo sujetas, amarradas diría, a la susodicha ortodoxia.

Andrés Ajens, bolichilenandino para mayores señas, bolichilenandino de oficio pero sobre todo de vocación, viene de una tierra que ya hace muchas décadas parió un poeta que practicó saltos y vuelos entre los entreveros del lenguaje: Vicente Huidobro. De Vicente Huidobro, otro chileno grande, Roberto Bolaño, decía que le fatigaba tanto paracaídas. Menciono este detalle del paracaídas, porque ocurre que Andrés no sólo vuelve a incurrir en aquello de poner el tablero patas arriba, sino que se arroja al hueco sin paracaídas ni paraguas, sin preguntarse si habrá red, o si abajo, en línea recta con su cabeza, pudiera estarle aguardando un pedregón con su nombre escrito en el lomo. O tal vez un vacío imponderable. O quizá, como me parece, la luminosidad de un universo distinto. Mis imágenes son poco afortunadas. Acaso lo más adecuado sea decir que Andrés levanta con firmeza el pesado, arduo tejido del lenguaje y emprende ruta por su debajo sin temores ni aspavientos.

Creo que si la poesía ha de acometer nuevas tareas en este tiempo con tanto signo de finiquito, son éstas: las de vislumbrar en los fluidos elementales que dan lugar al lenguaje. Las de atisbar entre el humus que produce las palabras, los sentidos... y en lugar de huemules o mulas, reconocernos como huemulas. Por ahí, con facilidad no exenta de una alarma que nos delata, podemos llegar a pensar y decir que el vate ha enloquecido, cuando más real, vistas las cosas desde estos ámbitos, es que más locos —en el vil sentido del término— estamos quienes hacemos un uso apenas instrumental de la lengua, a menudo sin inquirir por lo que oculta detrás, sin retirar de vez en cuando los lienzos lingüisticos para ver qué es lo que sucede.

En el zen existen unos ejercicios, los koan, que consisten en una suerte de juegos verbales a través de los cuales se busca fragmentar la lógica lingüística, con el supuesto objetivo de acceder a una supracomprensión de la realidad, a un estado más pleno. Aunque suene muy audaz, creo que esta desandranza de Andrés en los Andres, hace algo parecido. Pero he aquí que el propio poeta viene en mi rescate con el mero título de su libro: "No insista, carajo".

[Texto no leído en el Café-Bar Bocaisapo, La Paz, Bolivia, el jueves 19 de agosto del 2004, durante una navegada lectura del susodicho Carajo, con palabras introductorias del poeta Rubén Vargas. Cé Mendizábal es escritor en Oruro nato].