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El ritmo íntimo del Paraná / Rodrigo Hidalgo (El Mostrador, Stgo., 26/08/01).

 


Mar paraguayo
El ritmo híbrido del Paraná

por Rodrigo Hidalgo

Las convenciones naufragan en este inexistente piélago, caudal sin margen que fragoroso alimenta la fértil cuenca donde se mezclan las lenguas, las razas, las historias. Este libro del brasileño Wilson Bueno transita sin reglas entre el español, el portugués y el guaraní. Por la prosa, por el verso, por el mito.

Presentemos antes que nada a Wilson Bueno. Nació en 1949, en Jaguapitâ, a 50 kilómetros de Londrina, en el río Paraná. Zona húmeda, donde el campesinado pobre convive con los latifundios agrícolas que se extienden hacia el centro y norte. En sus libros, como en toda la narrativa y lírica brasileña, abunda la imaginería, el embrujo, la magia. En este sentido Jorge Amado resultó ser el exponente más universal de esta característica: al lector lego al menos no le resultará desconocida la imagen telenovelesca de los pantanales del sur carioca de Gabriela clavo y canela, y más a la costa doña Flor con sus dos maridos. Bien, pues Wilson Bueno actualiza esta rica tradición desde el rompimiento de los cánones establecidos: siguiendo a Hölderlin, todo es poesía. Dicho esto, a las pailas la ortografía, las barreras idiomáticas, los géneros. Que la cosa fluya. Y vaya cómo fluye.

Ya, pero ¿quién es este Wilson Bueno? O sea, ¿qué escribe? ¿Podemos rastrear sus influencias (si a estas alturas no se es imprudente con semejante término)? Sigamos suponiendo un lector poco informado. Nadie acá puede exigir cierta pericia en literatura brasilera. Lo claro es que ésta no se agota en Jorge Amado. Escritores como Bueno se conectan más bien con otros clásicos, verdaderas figuras históricas que se desconocen en estos lares. Digamos fundamentalmente Guimarâes Rossa (1908-1967) y Machado de Assís (1839-1908), para mantener el criterio de Wilson Bueno. Y dejemos constancia de su admiración por otra figura, esta vez contemporánea. Cómo no, Clarice Lispector. Evidentemente, este poeta que comenzara a publicar en los 80’s, también menciona a los infaltables: Joyce, Borges, Kafka, Hemingway, Gide, Shakespeare, Ovidio, Cortázar, Calvino. Pero dejemos de lado la formalidad y vamos al texto.

Mar paraguayo es una metáfora bastante clara. No existe. Asimismo, fácil es colegir que sus aguas debieran ser más bien turbias. Y cómo no. El lector que apenas se maneja con su pobre castellano de repente se enfrenta a un texto en portugués. Y oh sorpresa, resulta que lo comprende. No es difícil. Sigue leyendo entonces, gravemente sumido en la vorágine de estar entendiendo, hasta que se topa con el primer par de vocablos de la lengua guaraní. Le sobreviene el ánimo de la derrota. Y desde las páginas finales le tiran un elucidario con el que sale victorioso a flote. De pronto ya no le hace falta saltar las hojas para mirar los significados. Abruptamente llega al final. Se ha dejado llevar por el oleaje. Ha navegado incólume el mar paraguayo.

La hibridez de esta literatura nos conmueve por su potencia semántica. O más bien semiótica. No es de los significados de los que nos quedamos prendados. Es de los significantes de los que pendemos. Esta certeza enciende el embrujo, la magia que en distintas dosis y con distintos elementos, se constituye como el signo de la escritura de Wilson Bueno. Subversión del lenguaje, acontecimiento: ¿cómo es posible leer algo que “no” se ha escrito, que está “mal” escrito, o que sencillamente “no” se entiende? Más aún: ¿cómo es posible disfrutarlo? No, no, no, algo debe andar mal. Este señor Bueno es sospechoso.

Dato técnico meritorio: este ejemplar viene desde los incesantes talleres de RIL, bajo el sello editorial Intemperie (que tiene joyitas como Paul Celán traducido por Pablo Oyarzún, o Juan Luis Martínez compilado por Elvira Hernández y Soledad Fariña). Consignando que Mar paraguayo ya había sido publicado en 1992 por la editorial brasilera Iluminarias, no puede sino restarnos ejercer el agradecimiento correspondiente por poner al alcance del público chileno a este autor.

Finiquitemos. El poeta argentino Néstor Perlongher señala en el prólogo, que Bueno ha inventado este particular idioma, un portuñol motejado de guaraní, de un surrealismo lujurioso, creando una lengua profunda, mítica, de gran sonoridad, de gran ritmo, que hace posible la convivencia del habla cotidiana, la poesía erótica y psicoanalítica, el relato y el mito. De esta manera, hay en Mar paraguayo una línea argumental borrosa, que se sumerge y presenta variantes insospechadas, ora monólogo interior, ora conjuro callejero, ora confesión desesperada, ora legendario rezo. Es la marafona del balneario, la mujer libertina del pueblo, que sólo tiene a su pequeñísimo perro, toda vez que se le ha muerto el viejo, personaje libidinoso hecho de hueso y pellejo. ¿Y el niño? Ah no. No vamos a contarlo todo. Sólo, por ejemplo, reproduciremos el precioso texto inicial.


NOTICIA

Un aviso: el guarani es tan esencial en nesto relato quanto el vuelo del párraro, lo cisco en la ventana, los arrulhos del português ô los derramados nerudas en cascata num solo só suicidio de palabras anchas. Una el error dela outra. Queriendo-me tal vez acabe aspirando, en neste zoo de signos, a la urdidura esencial del afecto que se vá en la cola del escorpión. Isto: yo desearía alcançar todo que vibre e tine abaixo, mucho abaixo de la línea del silêncio. No hay idiomas aí. Solo la vertigen de la linguagem. Deja-me que exista. E por esto cantarê de oido por las playas de Guaratuba mi canción marafa, la defendida del viejo, arrastrando-se por la casa como uno ser pálido y sin estufas, sofriendo el viejo hecho asi un mal necessário - sin nunca matarlo no obstante los esfuerzos de alcançar vencer a noches y dias de pura sevicia en la obsesión macabra de eganar-lhe la carne pisada del pescoço. No, cream-me, hablo honesto y fundo: yo no matê a el viejo.